El ministerio de intercesión
Autor: Alejandro R. Ferreirós O
En las religiones primitivas, el motivo principal que moviliza al hombre a orar parece ser la necesidad. Oprimido bajo el peso de diversos males el hombre se esfuerza por despertar la atención de la divinidad con invocaciones y con el ofrecimiento de dones. De aquí se derivan expresiones comunes como: “¡Escucha! ¡Ten piedad! ¡Recíbenos! ¡Nosotros te ofrecemos, recíbenos con benevolencia! Las conocemos en la Biblia y en toda la tradición cristiana. El motivo primario de la oración es siempre el mismo y conserva toda su fuerza.
Los Padres y en general, los autores cristianos admiten
esta situación: el sentimiento de nuestra miseria nos lleva a buscar protección
en Dios. Escribe Juan Crisóstomo: “¿Dices que tú no tienes necesidad de orar?
Lo necesitas justamente porque crees no necesitarlo. Evagrio Póntico da esta
definición: de la oración: “un coloquio del intelecto con Dios, unido a
súplicas para implorar el socorro en la hora de la lucha y acciones de gracias
en la esperanza”. El vocabulario neotestamentario sobre la oración de súplica
está lleno de matices: pedir, reclamar, llamar con insistencia, invocar,
clamar, gritar, e incluso "luchar en la oración" (cf Rm 15, 30; Col
4, 12). Pero su forma más habitual, por ser la más espontánea, es la petición:
Mediante la oración de petición mostramos la conciencia de nuestra relación con
Dios: por ser criaturas, no somos ni nuestro propio origen, ni dueños de
nuestras adversidades, ni nuestro fin último; pero también, por ser pecadores,
sabemos, como cristianos, que nos apartamos de nuestro Padre.
La petición ya es un retorno hacia Él. El Nuevo
Testamento no contiene apenas oraciones de lamentación frecuentes en el
Antiguo. En adelante, en Cristo resucitado, la oración de la Iglesia es
sostenida por la esperanza, aunque todavía estemos en la espera y tengamos que
convertirnos cada día. La petición cristiana brota de otras profundidades, de
lo que Pablo llama el gemido: el de la creación "que sufre dolores de
parto" (Rm 8, 22), el nuestro también en la espera "del rescate de
nuestro cuerpo. Porque nuestra salvación es objeto de esperanza" (Rm 8,
23-24), y, por último, los "gemidos inefables" del propio Espíritu
Santo que "viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos
pedir como conviene" (Rm 8, 26). (Cat. 2630).
El grupo
intercede
Cada uno
de nosotros, todo el grupo, está llamado a interceder, pero hay hermanos a los
que Dios mismo ha constituido centinelas, a los cuales les ha dado un carisma particular
de intercesión a beneficio de los hermanos y que, por lo tanto, gozan de un
favor especial por parte de Dios. Estos son los hermanos que normalmente forman
parte del grupo de intercesión por determinadas necesidades (situaciones de
sufrimiento) personales.
La oración de intercesión es uno de los tipos
característicos de la oración cristiana. La intercesión es una oración de
petición que nos conforma muy de cerca con la oración de Jesús. Él es el único
intercesor ante el Padre en favor de todos los hombres, de los pecadores en
particular (cf Rm 8, 34; 1 Jn 2, 1; 1 Tm 2. 5-8).
Es capaz de "salvar perfectamente a los que por él
se llegan a Dios, ya que está siempre vivo para interceder en su favor"
(Hb 7, 25). El propio Espíritu Santo "intercede por nosotros... y su
intercesión a favor de los santos es según Dios" (Rm 8, 26-27). (2634)
Interceder, pedir en favor de otro, es, desde Abraham, lo propio de un corazón
conforme a la misericordia de Dios. En el tiempo de la Iglesia, la intercesión
cristiana participa de la de Cristo: es la expresión de la comunión de los
santos. En la intercesión, el que ora busca "no su propio interés sino el
de los demás" (Flp 2, 4), hasta rogar por los que le hacen mal (recuérdese
a Esteban rogando por sus verdugos, como Jesús: cf Hch 7, 60; Lc 23, 28.
34).(2635)
Las primeras comunidades cristianas vivieron intensamente
esta forma de participación (cf Hch 12, 5; 20, 36; 21, 5; 2 Co 9, 14). El
Apóstol Pablo les hace participar así en su ministerio del Evangelio (cf Ef 6,
18-20; Col 4, 3-4; 1 Ts 5, 25); él intercede también por ellas (cf 2 Ts 1, 11;
Col 1, 3; Flp 1, 3-4). La intercesión de los cristianos no conoce fronteras:
"por todos los hombres, por todos los constituidos en autoridad" (1
Tm 2, 1), por los perseguidores (cf Rm 12, 14), por la salvación de los que
rechazan el Evangelio (cf Rm 10, 1). ¿Dónde?
El intercesor no tiene necesidad de lugares particulares para orar.
Puede orar en el secreto de su habitación, puede orar en
la Iglesia frente al pulpito o el altar, puede orar reuniéndose junto con otros.
La oración hecha con otros (en este caso hecha con los otros hermanos del
ministerio) nos ayuda, nos sostiene y tiene una potencia particular sobre Dios
por el motivo de que Jesús está particularmente presente. Él dijo: “donde hay
dos o tres reunidos en mi nombre Yo estoy en medio de ellos”. Este orar juntos
no tiene que ver necesariamente con estar reunidos en un mismo lugar sino,
sobre todo, establecer con los otros una comunión más intensa y ponerse de
acuerdo a cerca de intenciones precisas por las cuales se intercede.
Los
hermanos del ministerio
Con la
finalidad de reforzar mucho más su comunión espiritual y con el fin de
compartir su realidad ministerial, se deberían encontrar periódicamente con
iniciativas del coordinador del ministerio. La oración de intercesión requiere
algunas condiciones espirituales esenciales: la fe (confianza), la
perseverancia, el perdón, la asistencia del Espíritu Santo. Debemos orar a Dios
por cualquier problema, no solamente por algunos. Podemos tener la tentación de
limitarnos a las cosas espirituales, pero tenemos que aprender a dejar entrar a
Dios en todos los aspectos de nuestra vida: “No se angustien por nada, sino que
en toda necesidad manifiesten a Dios sus necesidades, con oraciones, súplicas y
acciones de gracias” Filipenses 4:6-7.
Jesús nos asegura que la respuesta de Dios es segura
frente a la oración llena de fe: “Todo lo que pidan con fe en la oración lo
obtendrán” (Mt 21,22).
Sin embargo, parece que a veces Dios no nos quiere
escuchar. En realidad, ciertas cruces, de un modo que no estamos en grado de
comprender, son necesarias para nuestro bien, para nuestra sanación más
profunda, para nuestra conversión, para nuestra salvación o para la salvación
de otros. Nuestra tarea es orar siempre y con perseverancia convencidos del
amor que Dios nos tiene. La perseverancia es la concreción de la fe, de la
esperanza y del amor.
De la fe porque, si somos constantes en la oración,
generalmente, quiere decir que creemos que Dios puede escucharnos. De esperanza
porque sólo perseveramos tenazmente en la oración si esperamos que Dios nos
responda. De amor porque solamente el amor nos da la fuerza de ser constantes.
Su misericordia se derrama sobre el que es misericordioso con los propios hermanos.
El ejercicio del perdón y de la misericordia con todos puede encontrar un
momento privilegiado durante los encuentros del ministerio. “Cuando oren, si
tienen algo contra alguno, perdonen” (Mc 11,25).
Es el Espíritu Santo el que nos da la fuerza carismática
de la oración de intercesión. Es Él que ora con nosotros y en nosotros incluso
cuando nuestra oración, aunque estemos abandonados en Dios, se vuelve incierta
y no sabe qué pedir: “Y de igual manera, el Espíritu viene en ayuda de nuestra
flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; más el
Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables, y el que escudriña
los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión a
favor de los santos es según Dios.”(Rm 8,26-27).
¿Qué
debemos pedir? La petición cristiana está centrada en
el deseo y en la búsqueda del Reino que viene, conforme a las enseñanzas de
Jesús (cf Mt 6, 10. 33; Lc 11, 2. 13). Hay una jerarquía en las peticiones:
primero el Reino, a continuación, lo que es necesario para acogerlo y para
cooperar a su venida. Esta cooperación con la misión de Cristo y del Espíritu
Santo, que es ahora la de la Iglesia, es objeto de la oración de la comunidad
apostólica (cf Hch 6, 6; 13, 3).
Es la oración de Pablo, el Apóstol por excelencia, que
nos revela cómo la solicitud divina por todas las Iglesias debe animar la
oración cristiana (cf Rm 10, 1; Ef 1, 16-23; Flp 1, 9-11; Col 1, 3-6; 4, 3-4.
12). Al orar, todo creyente trabaja en la Venida del Reino. Cuando se participa así en el amor salvador
de Dios, se comprende que toda necesidad pueda convertirse en objeto de
petición. Cristo, que ha asumido todo para rescatar todo, es glorificado por
las peticiones que ofrecemos al Padre en su Nombre (cf Jn 14, 13). Con esta
seguridad, Santiago (cf St 1, 5-8) y Pablo nos exhortan a orar en toda ocasión
(cf Ef 5, 20; Flp 4, 6-7; Col 3, 16-17; 1 Ts 5, 17-18).(Cat. 2633).
¿Dios
escucha nuestra oración?
En toda la vida de oración aparece un gran problema, no
en el plano teórico sino en el de la vida: ¿por qué nuestras oraciones no son
siempre escuchadas? El Evangelio dice claramente: “Todo lo que pidan con fe en
la oración lo obtendrán” (Mt 21,22). En el contexto en el que fueron
pronunciadas estas palabras, se comprende, sin dudas que el acento está
colocado más sobre la “fe” que en “aquello que pidan”. La mentalidad hebrea ha
sido calificada de objetivista: se interesa mucho más en el hombre que ora y en
sus disposiciones que en el objeto del pedido. El ciego del Evangelio dice
expresamente que Dios no escucha a los pecadores (Juan 9,31).
Los documentos del tiempo judeocristiano están marcados
por esta actitud. Parecen más preocupados por indicar las condiciones
interiores de la oración que el contenido. Por el contrario, en el contexto
griego se manifiesta una tendencia “objetiva”. Para ellos la pregunta es
entonces: ¿Cuál es la oración que puede ser escuchada y cuál la que no lo será?
Podemos orar por todo aquello que es bueno, concretamente, dice Casiano, por aquello
que está contenido en el “Padre Nuestro”.
La petición de un mal o de una cosa pecaminosa está
prohibida ofende a Dios. Pero en las dos actitudes, la cuestión queda resuelta
solamente en sus líneas generales. En cierto sentido, desde el momento que el
hombre es pecador, ¿ninguno se puede dirigir a Dios? Y en cuanto a las cosas
pecaminosas surge la duda con respecto a lo que está situado en el límite entre
el bien y el mal, sobre todo porque nuestro juicio se encuentra oscurecido por
la ignorancia.
Tendríamos que sacar la conclusión, como lo hace Clemente
de Alejandría, que solamente la oración del “gnóstico” (el iluminado), puede
ser escuchada. Orígenes, aunque sigue la misma línea, afronta la cuestión de un
modo más justo teológicamente. Él subraya que nos encontramos delante de un
misterio que no es accesible sino al Espíritu Santo, porque solamente la voz
del Espíritu llega hasta Dios. La buena voluntad humana que expresa sus deseos
no llega siempre a colocarse en armonía con el Espíritu; permanece ignorante
con respecto a las verdaderas intenciones de la economía de la salvación,
“porque ni siquiera sabemos pedir lo que nos conviene” (Rm 8,26) y por esto “el
Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad”. Esto se realiza del siguiente
modo: nosotros oramos, pero el Espíritu “interviene”; su voz es más fuerte que
la nuestra, que está inspirada por la ignorancia. De este modo, nuestra oración
siempre es escuchada, pero según la voz del Espíritu (que es también la
nuestra, porque el Espíritu forma parte de nuestro yo). El principio general
que guía la formulación de las peticiones es el que rige toda palabra y acción
cristiana: se necesita “sintonizar” con el Espíritu, o, con el Hijo, porque el
Verbo, dice Orígenes, está presente en nuestras oraciones como Pontífice,
Intercesor y Mediador de nuestros ofrecimientos al Padre. Cuando las personas
se ponen de acuerdo, el aspecto objetivo y subjetivo coinciden fácilmente. El
mismo principio lo encontramos en el lenguaje bíblico, cuando se nos exhorta a
una oración llena de fe (Mt 21,21).
Esto significa mucho más que una “confianza” psicológica.
Aquellos que “creen” siguen sinceramente a Jesús en las acciones y en el
pensamiento; han recibido el mismo Espíritu que los discípulos de Jesús (Hechos
11,17). Cuando Casiano se ocupa de este problema, se interesa por observar:
“Tengo que decir lo que me ha revelado la experiencia acerca de los signos por
medio de los cuales se reconoce que una oración es escuchada por el Señor”.
Tiene que estar “llena de fe”. Él interpreta esta fe sobre todo en sentido de
“confianza”: “si ninguna duda ha atravesado nuestra oración”. Para no quedarnos
en un nivel meramente psicológico, él muestra con la autoridad del abad
Germano, que “esta confianza... viene de la conciencia pura; pero nosotros,
agrega, que sentimos todavía en nuestro corazón la dolorosa espina del pecado,
¿cómo podemos tenerla?... ¿qué méritos nos podrían autorizar a presumir que
nuestras oraciones serán escuchadas? La insistencia sobre la fe en la oración
se lee en todas las páginas del diario espiritual de un teólogo ruso reciente,
Juan de Kronstadt. “Recuerda que cuando oras, Dios espera que respondas
afirmativamente a la pregunta que te hace interiormente: “¿Tú crees que yo
puedo hacer esto? (Mt 9,28). A esta pregunta le debes responder desde lo
profundo del corazón: “¡Sí, Señor!”. “El corazón que duda que Dios le pueda
conceder lo que pide, recibe el propio castigo: queda atravesado por la duda.
Que ni siquiera la sombra de una duda llegue a irritar a Dios omnipotente, sobre
todo de parte tuya, que ya has experimentado muchas veces la omnipotencia de
Dios”.
“Mucha
gente ha perdido la fe o porque ha perdido completamente el espíritu de
oración, o porque no lo ha tenido nunca y continúa sin tenerlo; en definitiva,
porque no ora”. A los textos que exhortan a orar con fe es necesario agregar
aquellos en los que Jesús enseña a sus discípulos a orar en su nombre: “Todo lo
que pidan en mi nombre Yo lo haré” (Jn14,13; 15,16; 16,23). Conviene estudiar
estos textos en el contexto del discurso de la última cena. Concluyendo la
alegoría de la viña (15,1ss), Jesús confía a los suyos una consigna esencial:
el amor mutuo, como expresión del amor del Hijo por el Padre (15,10) y del
Padre por el Hijo (17,23). La permanencia en la Palabra de Cristo (15,7) es la
condición para ser escuchados en la propia petición. No se trata de un poder
ligado al nombre, como sucede en la magia. El cristiano que ora en nombre del
Señor Jesucristo toma conciencia de su presencia bondadosa junto a él y en él:
de este modo su oración se hace en la confianza más perfecta. Es importante, finalmente, que el ministerio
de intercesión tenga un coordinador que recoja las intenciones de oración y las
confíe, según su discernimiento, a algunas personas del ministerio.


No hay comentarios:
Publicar un comentario